A veces, nos encontramos mal sin saber exactamente por qué. Nos sentimos tristes, irritables o bloqueados, pero no logramos identificar el origen de ese malestar. En consulta, una de las primeras cosas que trabajo con mis pacientes es la toma de conciencia emocional: aprender a ponerle nombre a lo que sentimos.

Las emociones no son buenas ni malas, todas cumplen una función. La tristeza, por ejemplo, nos invita a detenernos y reflexionar; la ansiedad nos pone en alerta ante una amenaza; la ira nos señala límites que han sido cruzados. Pero cuando no identificamos lo que sentimos, las emociones se acumulan, se confunden o se expresan de forma poco saludable.

Ponerle nombre a lo que nos pasa nos ayuda a entendernos, a tomar decisiones más conscientes y a comunicarnos mejor con los demás. En terapia, exploramos juntas y juntos esas emociones, su origen y su impacto, aprendiendo a escucharlas sin miedo. Porque comprender cómo te sientes es el primer paso para empezar a cuidarte.